Fernando Birri

Escrito por sergiotrabucco el Julio 5, 2008 – 6:10 pm -

Entrevista con el cineasta Fernando Birri

Fernando Birri y Gabriel García Márquez

A sus 83 años ha sido testigo y protagonista privilegiado de algunos momentos claves en la historia del cine. Por la vida de Fernando Birri (Santa Fe, 1925) -colmada de pasión, películas y vivencias- han pasado los forjadores del neorrealismo italiano (Zavatinni, De Sica, Rossellini) y del llamado Nuevo Cine Latinoamericano (Gutiérrez Alea, Glauber Rocha, García Márquez). Maestro de generaciones de cineastas en las aulas de la Escuela Documental de Santa Fe y la Escuela de Santiago de los Baños -centros de formación audiovisual que fundó y condujo-, ha dirigido clásicos del cine latinoamericano como Tire Dié (1958) y Los inundados (1961), contundentes retratos de denuncia sobre la marginación social que perfilaron toda una tendencia dentro del cine latinoamericano. El año pasado lanzó “Soñar con los ojos Abiertos” libro que reúne los treinta seminarios que dictó en la Universidad de Stanford (EE.UU.) y se mantiene en actividad a través de una fundación que lleva su nombre. A su extensa trayectoria cabe agregar que Fernando Birri es todo un personaje. Aprovechando su paso por el Festival de Cine Latinoamericano de Providence, el director de Días de santiago, Josué Mendez sostuvo una extensa y estimulante conversa con el legendario cineasta argentino, que aquí reproducimos en su integridad. Toda una lección de cine para ustedes.

Las primeras imágenes y el nacimiento de una vocación

Quería para empezar que me cuentes un poco de tu formación. ¿En tu época cómo sale la idea de estudiar cine o hacer cine? ¿Cómo decides formarte, qué camino decides tomar en tu juventud?

Bueno, es una buena pregunta que me obliga a mirar para atrás y me doy cuenta que parte de todo lo que pude hacer después nació, como pasa casi siempre, de una carencia, justamente por cómo aprender a hacer cine. Yo ya había hecho fundamentalmente teatro, pero un teatro de títeres, desde los 10 años trabajé en eso. Aparte de ese arte de titiritería también escribía y pintaba. Porque yo vengo de una familia de pintores, mi papá y mis tíos eran pintores. Después todo esto me llevó a fundar el primer teatro universitario en la Universidad del Litoral, cuando ya estudiaba abogacía. De ahí, ya casi como una secuencia obligada, formando parte de un movimiento de intelectuales y artistas que estaban bastante a la vanguardia para la época, estoy hablando de los años 40 más o menos, apareció el cine como una necesidad.

¿Había cine clubes? ¿Cómo era el acceso al cine?

Había un cine club, el cual lo fundé yo, que se llamaba Cine Club Santa Fe. Lo fundé con un grupo de amigos y compañeros de la Universidad del Litoral, y fue el primer cine club de la ciudad.

Pero antes de eso, ¿ya habías visto mucho cine?

Sí, muchas películas. Mira, la primera película que recuerdo es El cantor de Jazz con Al Jolson, qué cosa increíble, la vi en las rodillas de mi padre. Los domingos la familia iba al cine, era un rito, a mi padre le gustaba mucho el cine, era muy cinéfilo, invitaba a los actores a la casa a almorzar y sabía los nombres de todos los actores norteamericanos. Fundamentalmente todo el cine que veíamos era norteamericano, con un agregado que todavía tengo presente, que es que había como un cierto desprecio por el cine argentino. Nosotros éramos una familia pequeño-burguesa de orígenes proletarios. Mi abuelo era un campesino anárquico que salió expulsado de Italia con las manos esposadas, lo pusieron en un barco y lo mandaron fuera y el barco resultó ser argentino. Mi familia, de una condición campesina en Italia, pasó a una condición de obrero-ciudadana en Santa Fe, porque mi abuelo había sido molinero en Italia, tenía un campo de trigo y hacía harina. Pasa a la Argentina y forma parte de un proletariado urbano, es decir es albañil, y su hijo, que es mi padre, en cambio, hace el famoso salto que existe en América del Sur: va a la universidad y forma parte de la primera promoción de doctores en Ciencias Económicas y Políticas de Santa Fe, lo cual en Europa hubiera sido absolutamente imposible. Era increíble, siendo hijo de campesinos.
Bueno, de esa familia nazco yo y de alguna manera hay como un prejuicio contra el cine nacional, que se comentaba en la familia, era “una cosa de negros”. No entendía bien esto, pero además yo iba todos los días al cine a la función de matiné, iba a varios cines pero especialmente a uno que se llamaba Cine Doré, al que también se le conocía como la piojera porque era un cine de gente de barriada, y ahí se pasaba mucho cine argentino. Entonces yo me formé en esa especie de contradicción, en un medio ambiente que veía al cine argentino por encima del hombro, mientras que yo mismo veía todo ese cine. Bueno, para terminar, la idea de hacer cine nació en un determinado momento de mi adolescencia, justamente de todo este caldo de cultivo me parecía que hacer cine era una cosa coherente con todo lo que había hecho hasta ese momento.
Cuando somos niños vemos cine desconociendo que existe un director detrás, que el cine expresa ideas, que hay una visión detrás de todo. Después viene un momento en que rompemos esa inocencia y te enteras de que hay un director, una fotografía, una puesta en escena.

¿A qué edad, en qué momento te llegó esta conciencia?

Mira, en realidad yo crezco en la opinión generalizada del cine de actor, es decir, los nombres que uno aprende son los nombres de los actores, no de los directores. Y empiezo a conocer los nombres de todos los actores, y refino mi gusto por el cine en un grupo de poetas que se llama “Espada Lirio”. Es un nombre que viene de dos versos de Lorca: “en el aire se batían las espadas de los lirios”. De ahí este grupo de poetas se auto bautiza como Espada Lirio. Y allí se habla y se sabe bastante de cine, se conoce también en Argentina de los movimientos cinematográficos, digamos, de la “gente culta”. Se empiezan a generar otros cines clubes, en Buenos Aires naturalmente, y también una bibliografía cinematográfica. Y de esta manera cae en mis manos un libro que es nada más y nada menos que una traducción de las lecciones que hace Eisenstein en la escuela de Moscú, un libro hermoso: “El Sentido del Cine”. Era, aunque no lo creas, una edición hecha en Argentina, traducida directamente del ruso, y si la memoria no me traiciona, la traducción era de la mujer rusa de un director argentino, que creo que era Saslavsky, y tengo el libro muy presente, que inclusive tenía una página en papel brillante, satinado, que vos la abrías y era una secuencia de Alexander Nevsky donde está en la parte de arriba la secuencia fotográfica con las lanzas de los teutones que se asoman en el momento que van a combatir con los soviéticos, y en la parte de abajo el pentagrama de Prokofiev, que establece una especie de metáfora sincrónica entre las imágenes y el sonido: en el fotograma se ven las dos lanzas con banderolas que se asoman en el horizonte y en la partitura Prokofiev hace dos notas que son como las dos lanzas de la imagen. Para mí fue una revelación tan grande, fue como abrirme a un mundo totalmente inédito y desconocido. Me devoré el libro, después lo he seguido leyendo toda mi vida, y fue la primera lección de cine que tuve. Pero, haciendo un salto de montaje, cuando quise aprender cine, no había dónde. En Santa Fe no exist


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